“Estás hirviendo en fiebre”. Teresa
no podía dormir, el vacío de la habitación hacía que se sintiera aún más sola.
Palpaba a tiempos la frente de Thomas, para ver cómo iba la fiebre, su piel ya
se había vuelto de un tono azul, pero aún podía escuchar sus pensamientos, lo oía
en silencio. Sabía que había cometido un error al haber entrado al laberinto.
Pero ella lo conoce, conocía las
consecuencias. Thomas, querría buscar respuestas, él es especial y los otros lo
saben.
“¿Tú?,
¿Estabas ahí?”, había veces que le aterrorizaba la idea de que Thomas
recordara pero aun así quería que lo hiciera. Volver a abrazarlo como antes,
ser niños nuevamente, tomar su mano y escapar al sur, tan al sur como pudieran,
donde nada ni nadie pudiera encontrarlos nuevamente, pero las cosas no eran así.
Las manos de Teresa rozaron el brazo de Thomas,
hasta tomarlo de la mano. La combinación imperfecta de calidez. Ella se le
acerco lentamente a la cara, Thomas, supo al instante que era una despedida,
sus labios se desplegaron para sincronizarse con los de ella.
Sus narices no se separaron en ningún
momento, hasta que Thomas repentinamente empezó a dar manotazos y gritar
descontroladamente. Su respiración era áspera y dificultosa, transpiraba más
que nunca y su tono azul se había tornado algo más fucsia.
“¿Por
qué?, Teresa, ¡no!, me equivoqué, no quiero recordar” pero ya era demasiado
tarde, ella le advirtió. El laberinto era peligroso, sobre todo de noche. Pero
estaba escrito. El muchacho tenía que encontrar la salida, el final del juego,
llevar a los habitantes del Área a casa, aunque todo fuera un experimento.
Pero las cosas salieron mal, cuando vió a
Thomas, luego de haber estado perdido durante 2 días en el laberinto, solo, sin
comida. Moribundo y al borde de la muerte calló a sus pies. Al ver la herida
que había dejado el penitente supo que era el fin de todos, no se suponía que
Thomas muriera, no así.
El veneno se esparcía lentamente por su
cuerpo, pero al menos los ataques ya habían cesado. “perdóname”
dijo ella, “no te disculpes” agregó
Thomas con un hilo de voz agonizante. “nunca
olvides cuanto te amo” incorporo Teresa, al instante se acercó para besarlo
por última vez.
Ella ya no oía los pensamientos de Thomas.
No le preocupó la idea de morir, después de todo todos debemos morir, ellos
llegarían pronto y acabarían con todos. Solo se aferró con fuerza al cuerpo inanimado
de Thomas, y lloró.
Juan Esteban González González
Alumno de tercero medio.
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